Una Navidad diferente

Tristes finales se avecinan para almas luchadoras, aquellas que amamantaron a toda una generación que hoy les veneran. Mientras tanto, los ajenos al duelo simplemente hacemos lo que mejor se nos da: atender y apoyar, dejar todo listo para que los que acompañan al rey en sus últimos días, puedan hacerlo sin preocupaciones. Cambiamos planes, creamos otros, allanamos el camino del tiempo que se empeña en desaparecer bajo nuestros pies. Así se construye una Navidad diferente.

Canción del payaso triste

Faltaba una semana para el aniversario. La muerte de su padre significó, para él, un alivio. No sólo por dejar de estar obligado a visitarle cada domingo desde hacía quince años. Sino por liberarse de un yugo forjado a base de reproches y palizas. Sin embargo, el pueblo que les vio nacer opinaba lo contrario. «¡El señor Barret! ¡Barret, el Gran Payaso!» Y es que el padre era un auténtico Clown de profesión. Hacía reír a los niños que recorrían kilómetros con sus abnegados padres para ver cómo él, el Gran Payaso, estampaba contra su cara tartas de colores, tropezaba con pelotas de goma espuma y jugaba al hula-hop con una foca drogada y sumisa.

Recordaba como su padre echaba de menos el circo ambulante cuando éste se estableció definitivamente en la ciudad. Llevar a la familia a rastras le importaba un bledo. Sus quejas, no las tenía en cuenta. Ni las amenazas con las que su esposa le recibía cada noche. Sólo vivía para sus estúpidos números ridículos y vergonzantes… y para las trapecistas. Aunque eso era otra historia.

William Barret miraba la fotografía de su padre que descansaba sobre la chimenea una noche lluviosa de abril. Las gotas torpedeaban la ventana con violencia mientras un viento rabioso bandeaba los árboles hacia un lado y al otro. Parecía que en cualquier momento se romperían, precipitándose sobre algún coche o encima de la verja de su casita en el barrio residencial de Port Mouth. Y William siempre tenía la misma congoja al verlos ladearse como juncos. Un relámpago iluminó el salón y la penumbra abandonó la estancia durante unos segundos. En ese instante,  William escuchó una canción en la planta superior. «Dios mío» susurró. El sonido provenía del altillo de la primera planta. Y sabía qué se guardaba allí arriba, una estancia que se cerró hacía quince años atrás y jamás se volvió a abrir. Pero la musiquita seguía sonando. William acudió a las escaleras y subió el primer peldaño. Su corazón palpitaba con fuerza y rapidez. Subió el segundo escalón y el tercero. La madera crujía según avanzaba como si anunciara el preludio de una visión fantasmal al fondo de la escalera. Pero llegó arriba y allí no había nadie. Tan sólo el sonido metálico y machacón de aquella cancioncita que continuaba su viaje por el aire desde el altillo.

La planta de arriba tenía cinco habitaciones, un baño inmenso y un despacho. El despacho pertenecía a Harald C. William Patterson Barret II. William siempre pensó que tal longitud en el nombre se debía más a una baja autoestima que a un título nobiliario, ya que nunca vio más de una decena de libras por la casa. Los muebles que la adornaban eran sobrios, humildes e incluso destartalados. Pero eso cambiaba en el despacho. El abuelo Harald era abogado de profesión y exigió vestir su cuartel con las maderas más exquisitas que pudieran encontrarse en Gran Bretaña. Y forró cada pared con estanterías que aguantaban libros extraños y raros volúmenes sobre temas esotéricos, de adivinación y ocultismo. Aunque poco le sirvieron las técnicas adivinatorias para ver el futuro de su hijo. Y mucho menos de su nieto.

William entró en el despacho y una presencia gélida atravesó su costado empujándole hacia delante un par de pasos. Su abuelo seguía allí. Estaba convencido de ello y, por eso, las ventanas fueron tapiadas con las mismas maderas que formaban parte de las estanterías. Allí, en medio de la estancia ocre y bajo la luz de una lámpara amarillenta, continuó escuchando la canción. La entrada al altillo se encontraba en una esquina del despacho. Tan sólo necesitaba una banqueta y la llave. Entonces William se preguntó dónde demonios estaría la llave.

Cuarenta minutos después, la encontró tras revolver la habitación y apartar de su campo de visión todos los recuerdos que, como enanos correteando por la pradera, escapaban de cada cajón y cada armario al abrirlos, tirándole del pantalón y dándole azotes en el trasero. No le gustaba recordar. Y le molestaba mucho hacerlo. Con la llave en la mano suspiró varias veces en un esfuerzo de no entrar en cólera y gritar. Tenía la esperanza de ahuyentar a los fantasmas que acababan de instalarse en su casa.

La llave accionó el mecanismo y la trampilla cayó golpeando la nariz de William. Este enarcó las cejas e increpó al trozo de madera que le marcó el puente de la nariz mientras gritaba de dolor. Cuando se calmó, decidió guardar silencio. De nuevo, la canción maldita sonando, ésta vez, con más fuerza. Subió por las escaleras que la trampilla tenía disponibles y tanteó con los dedos el interruptor que su abuelo instaló cerca de aquella abertura en el techo. Un chillido se clavó en el oído de William cuando una rata se asustó al accionar el mecanismo. Y se hizo la luz.

El pequeño desván, refugio de roedores y palomas en un tiempo donde la única ventana que existía se mantenía abierta, estaba repleto de cajas, baúles y trajes embutidos en plásticos transparentes. La visión de aquel contenido era espeluznante, como si decenas de cadáveres se mantuvieran en pie mirando a quien emerge desde el cuadrado situado en el suelo, al son de una maquiavélica canción que no paraba de sonar.

Blaithin Carmody se encontraba frente al cadáver sin pestañear. El cuerpo tumbado boca arriba, con los brazos extendidos, parecía que fuera a comenzar un vuelo sin fin mientras no paraba de sonreír.

–¿Habéis encontrado algo interesante? –dijo la Teniente de Policía Federal de Darwin, Australia.

–Nada, Teniente. Tan solo lo que usted ve: el cuerpo desnudo y la cara pintada como un payaso.

–Hay que analizar la pintura y limpiar la cara por si tuviera señales o marcas de violencia. También habrá que mirar bajo las uñas, tomarla muestras de semen, etc. Lo de siempre.

–Si Teniente. Lo de siempre.

Blaithin regresó al coche con nauseas. Al entrar, un intenso olor a pollo al curry le revolvió más el estómago. Cogió el paquete que lo contecía y salió de nuevo del vehículo en dirección a una papelera. Pero no llegó a tiempo y vomitó a escasos metros de allí. Se limpió con la manga de la camisa mientras no dejaba de recordar la cara de aquella pobre chica, pintada de blanco con el contorno de los ojos de color rojo intenso y dos heridas en la comisura de los labios. Para rematar el lienzo, el asesino le había pintado una mueca de tristeza.

El volumen de la música aumentó mientras William se acercaba hasta una caja pequeña y marrón, sin dibujos ni adornos, cerca de un caballete y un maletín de pintor. La humedad de las islas británicas no había arruinado aquel mecanismo metálico que provocó en William la aparición de más y más recuerdos no deseados frente a él. Pero ésta vez no gritó ni entró en cólera. Sin comprenderlo, sintió cierta gratificación al escuchar la música tan cerca proveniente de aquella caja que al fin localizó y pudo coger del suelo. En sus manos, una sensación inusual recorría sus venas debido a la vibración de las planchas de metal chocar con los puntos en un rodillo que giraba y giraba sin fin. Su atención se desvió en un cambio de ritmo hacia el caballete que soportaba un trapo beis. Su mano derecha se acercó y sintió el polvo en la yema de sus dedos. Tiró de él y su mirada se clavó en el lienzo. Allí, un rostro familiar se mostraba: era un retrato de su padre disfrazado de payaso, con su sonrisa triste característica. William sintió odio y rencor. Sin control ninguno sobre sí mismo, guardó la cajita de música en el bolsillo de su batín y cargó con el caballete y el maletín de pinturas. «Va a ser el mejor aniversario, Papá… ¡ya lo veras!» pensaba. También bajó varios lienzos de distinto tamaño y se instaló en el despacho. Su cuerpo le empujaba a ejecutar la venganza que tanto tiempo llevaba planeando y decidió pintar payasos tristes para colgarlos por toda la casa y romper, de éste modo, la cárcel monocromática donde se encontraba desde que murió su padre.

Al día siguiente, Blaithin recibió una llamada de su Capitán para acudir a un descampado situado a las afueras de Darwin, en una zona industrial. Allí, de nuevo, un cadáver yacía desnudo, con los brazos en forma de cruz y con la cara pintada como un payaso. Las mismas heridas en la comisura de los labios. Las mismas pinturas pero, esta vez, distintos colores.

William pintó el primer cuadro en dos días, sin comer ni beber. Ni siquiera fue al baño. Un payaso con la boca deformada en la comisura de los labios, la tez blanca como la cal y el contorno de los ojos de color negro. Cuando finalizó el retrato, cayó exhausto sobre la alfombra del despacho y durmió durante otros dos días. Y soñó estar en otro lugar, en una especie de nave industrial con una cuchilla en la mano. Y sintió tener frente a él los útiles para pintar que su padre guardaba en el altillo. Y disfrutó aplicando capas de colores oscuros sobre el rostro frio de aquel desconocido. Y sintió un placer inmenso al rajar la comisura de los labios provocando una falsa sonrisa sobre aquel cadáver. Al fin, se despertó sobresaltado y su rostro se tornó en espanto al ver lo que había a su alrededor.

Blaithin acudió a la sala de autopsias para escuchar los resultados de la autopsia a la primera víctima mientras la segunda era transportada hasta allí.

–Se trata de un varón, de unos cincuenta años, muerto por asfixia. De los exámenes que hemos hecho no hay ningún resultado reseñable. Salvo la pintura.

–¿Qué quieres decir?

–La pintura utilizada posee una mezcla extraña en los componentes no se puede comprar en ninguna tienda local.

–¿Donde la fabrican?

William observó decenas de cuadros con payasos apoyados en cada rincón del despacho. Todos diferentes y todos pintados dentro de un macabro sueño que se había convertido en realidad. De pronto, la música volvió a escucharse en el interior del altillo. Juraría haber bajado con la cajita de música pero volvió a subir para terminar, de una vez por todas, con aquella pesadilla de la misma forma que había empezado: debía deshacerse de aquella maldita caja. Al llegar al lugar donde la caja se encontraba observó un álbum de fotografías antiguas que nunca había visto antes. Y deseó haberlo dejado cerrado por siempre.

–En Londres, mi Teniente.

–¿En Londres?

–Si. También vende por internet pero, por ahora, sólo para Irlanda.

–Mira a ver que hora es en Gran Bretaña y, si puedes, llama a la empresa que comercializa las pinturas. Quiero un registro de ventas del último año, con nombres y apellidos.

William agarraba el álbum como un naufrago se aferra a la última tabla que flota sobre el océano. Sus lágrimas mojaban el anverso de su mano mezclándose con el polvo y el sudor que le producía tocar aquellos objetos antiguos. Decidió levantarse y un pequeño sobre sobrevoló sus pies. Sin mucha atención lo recogió y salió del altillo. <<Necesito beber algo>> pensó. Apesadumbrado por lo que había visto en el interior del álbum, con la cabeza gacha y los hombros pesando una tonelada, bajó las escaleras haciendo caso omiso a los crujidos de la madera. La lluvia continuaba empapando el jardín y cayó en la cuenta que, si seguía lloviendo así, los rosales que rodeaban la casa terminarían pudriéndose. Pero le daba igual. Al llegar al salón, William depositó el álbum sobre la mesita de té situada junto a un sillón de respaldo alto. Una nube de polvo surgió en la oscuridad al dejarlo caer y encendió el televisor. Él sólo veía la CNN. Era el único canal con el que se sentía rodeado de gente. Pero aquella noche no le prestaba atención. Había encendido la televisión por el mero hecho de escuchar ruido hasta que una noticia le paralizó. El vaso de licor que se llenaba en su mano izquierda se precipitó al vacío, provocando la rotura del vidrio en mil pedazos mientras William, descalzo y con yagas en la planta de los pies, caminaba dejando huellas coloradas hasta el salón. Se plantó sin pensarlo delante del televisor con la botella de Whisky en la mano derecha y, dando un trago, dejó de respirar por unos segundos. El reportero de las noticias internacionales mostraba imágenes pixeladas de cadáveres desnudos y la cara pintada como un payaso. Como los payasos representados en la decena de cuadros que aún se encontraban, solitarios, en el despacho. Agarró el álbum y volvió a mirar las fotografías. No cesaba en su asombro cuando un teléfono apareció en la pantalla del televisor. Sin dudarlo, marcó el prefijo internacional de Australia y, a continuación, el de la Comisaria Federal de Darwin.

En la Comisaria alguien cogía el teléfono sin mucho afán. Pero una frase al otro lado de la línea, tan sólo una, despertó un repentino interés en el interlocutor que corrió hacia donde se encontraba Blaithin.

–Mi Teniente.

–Ha vuelto a entrar sin llamar… ¿no puede esperar un poco?

–Mi Teniente… es por el «asesino de payasos»…

–¿Algún graciosillo otra vez?

–Creo que no, mi Teniente… éste dice que sabe quien es el culpable…

–¿Y por qué habría de creerle? –Respondió levantándose.

–Porque llama desde Londres, mi Teniente.

Blaithin corrió al teléfono y, minutos después, gritó un nombre: –¡Buscar a Barret, Williams Barret en la base de datos!¡Ahora!.

No descolgó. William le relató que había encontrado en su altillo clausurado hacía quince años, que ocurrió dos noches atrás en el despacho de su abuelo y el extraño caso de los cuadros con los dibujos exactos a los realizados sobre cada víctima aparecidos después de dormir durante cuarenta y ocho horas. La Teniente no cesaba en su asombro cuando recibió la fotografía de aquel con quien hablaba de mano de un oficial. Entonces William recordó el sobrecito que sobrevoló sus pies, allá en el altillo y lo abrió. Se trataba de una fotografía. Una postal de Darwin, Australia. William preguntó:

–El la localidad de Darwin, ¿verdad?

–Si.

–Hay una casa –dijo examinando la postal –dígame, Teniente, una casa cerca de un parque… grande.

–No sabía decirle, señor Barret… necesito algo mas…

William acarició varias fotos del álbum donde aparecían los dos. El junto a un desconocido y su espalda se arqueó. La lluvia cesó y un relámpago de recuerdos recorrió su mente, mostrando una carpa, roja y azul, con un cartel enorme…

–Señor Barrett, ¿se encuentra bien?

–Si… si… una carpa… dígame, una casa cerca de un parque y una carpa…

–¿Roja y azul?

–¡Si!

–¡No cuelgue, por favor!

Blaithin ordenó que le fuera transferida la llamada a su móvil mientras corría con otros doce agentes de las fuerzas especiales hacia aquella casa característica de Darwin. Al llegar, entraron con un ariete y descubrieron, en el salón cuyas ventanas se encontraban tapiadas con maderas ocre, una decena de cuadros. Cuadros con caras de payasos tristes. Cada una igual a las dibujadas en las víctimas.

–Estamos en la casa, señor Barrett. Hay muchos cuadros con payasos pintados.

–Payasos tristes…

–Eso es. Pero hay algo más.

–Dígame… ¿está ahí?

–Si.

Blaithin se acercó al cuerpo de un hombre tumbado boca abajo, sobre el suelo del salón. Le giró la cabeza y juró haberle visto antes. En seguida recordó donde: era idéntico a la fotografía que le dieron en la comisaria. Igual que el señor Barrett con quien al teléfono hablaba.

–Mi teniente, la casa está a nombre de Wallace Barret.

«Dios mío» susurró Blaithin. Al otro lado de la línea solo se escuchó el silencio. El móvil de la Teniente recibió un último mensaje del señor Barrett. Se disculpaba. Decía que Wallace Barrett era su hermano gemelo. Confesó que se enteró aquella misma noche. Y dedujo que debió de comunicarse con él de alguna forma psíquica o espacio temporal… ambos guardaban un odio exacerbado por su padre pero cada uno lo expresó de una manera distinta.

La comunicación se cortó. El cadáver del señor William Barret se encontró en el salón de su casita de Port Mouth a la mañana siguiente. En la misma posición y orientación que guardó el cuerpo de Wallace Barrett… en Darwin, Australia.

Mi última noche

No sabría que decirle con sinceridad. Era una noche estupenda para compartir cena con alguien interesante, aunque echaba en falta algo de ambiente; unas velas o un tipo amarrado a un violín, acariciando las cuerdas con destreza mientras el lívido instrumento emitía sus gemidos más lastimeros, aunque pensándolo así, vaya cena mas triste.

            Una noche más, dije. Y todo acabaría por fin. En mi bolsillo interior, la carta. Junto a ella, la cartera que guardaba la placa oxidada y golpeada por el paso de los años. ¿Y la pistola? No, que va. Era la última noche ¿qué podría suceder? La dejé allí, en mi despacho repleto de cajas de cartón y recuerdos pegados a las paredes. Allí se quedó, tras las persianas venecianas que adornaban el cuadrilátero que tan bien acogió peleas entre los jefes y yo, entre mis ordenes y los que no querían acatarlas, entre mi mundo solitario y magullado y los demás. Todos los demás. Joder, era la última noche, ¿qué mas podían pedir?

            Cuarenta años en el cuerpo, sesenta y cinco recién cumplidos recorriendo mis venas y toda una vida por delante. Ahora sí, era mi momento. Después de la cena de gala con la que mis compañeros y los que querían plantar su culo sobre mi silla me obsequiaron, decidí volver a casa caminando. El restaurante no quedaba lejos. Como buen españolito trabajador y de lomos desgastados, acabamos cerca de las dos de la mañana. Por el paseo que separaba mi apartamento del restaurante, doscientos metros. Doscientos metros que resumían una vida dedicada a velar por la seguridad y la ley y no se que más chorradas.

            Escupí a los veinticinco metros del garito aquel donde bebimos hasta decir sandeces sin temor a represalias. Total, al día siguiente solo debía acudir para firmar. Y punto.

            Un coche pasó deprisa tras de mí y mis zapatos provocaban un chasquido metálico sobre la acera que no me permitió escuchar un silbido. El coche despareció al final del paseo y eché la mano al bolsillo. ¡Mierda! Me dije. Rebusqué y me detuve mordiéndome el labio inferior y alguien hizo lo mismo diez metros más atrás. “¿Qué narices estas pensando?” Deshice la idea en mi cabeza. Madrid es muy grande, somos muchos y no hay porqué preocuparse. Es mi última noche. Alcé la vista y observé un local encendido.

            Entré en aquel sitio oscuro como si de él emanase luz celestial, pidiendo algo de tabaco a gritos. Si estos cuarenta años de patear las calles arrestando delincuentes me había enseñado algo, es que no puedes huir de ti mismo, tarde o temprano, te pillarás. Así que cogí el Ducados, lo pagué y salí corriendo a la calle. Al cruzar el umbral, tropecé con una sudadera que debía esconder a un tipo en su interior pero no se quejó, ni yo tampoco. Pero al pisar la calle y abrir el paquete de tabaco si que me cabree. Y mucho. ¡Estaba medio vacío! Que cabrones, estos no me van a joder la última noche, pensé.

            Acudí al local echo una furia, respiraba con dificultad y me tocaba las narices que me hubieran estropeado mi momento a tan solo cien metros de casa. Pero al entrar…

            Un tipo apuntaba al dependiente con un revolver y su cara se escondía tras la sudadera.

            –¡No te muevas abuelo, o le abro la cabeza! –Exclamó nervioso.

            –Chico, eh… deja eso que vas a hacer daño a alguien.

            –¡Le he dicho que no se mueva! En cuanto me de lo que quiero, me marcho y ustedes se quedan aquí, ¿de acuerdo?

            Joder que tensión. Para ser la última noche me iba a despedir pero bien. Hice caso al chaval y el dependiente le entregó una bolsa que parecía pesar tanto que el delincuente tuvo dificultad para sostenerla. Al pasar delante de mi apuntándome a la sien me miró y pude ver sus ojos. Una mirada cristalina y rígida como un maniquí, alguien que no dudaría en pegarte un tiro para conseguir algo de coca, seguro. Y salió corriendo.

            Enseguida me acerqué al dependiente e intenté convencerle para que llamase a la policía. No me sentía tan inútil en toda mi vida: sin arma y con la placa desintegrándose por minutos. Nos calmamos ambos y desistí reclamarle un paquete de tabaco entero.

            A unos veinte metros de mi casa había consumido cuatro cigarrillos. A doce metros ya había terminado el paquete pero jugué con él hasta el portal cuando un brazo me agarró del cuello.

            –Dame todo lo que tengas y no grites.

            –Oye, oye… solo soy un pobre viejo que…

            Recibí un golpe sin acabar de decir mi frase con la que pretendía tranquilizar a mi agresor. La nuca me dolía horrores pero elevé la mirada y le vi. El mismo tipo de antes.

            –¿Qué pasa, no has tenido suficiente con lo del chino?

            –Dame todo lo que tengas –Dijo como si un disco rallado se hubiera insertado en su boca.

            Entonces decidí finalizar mi última noche sacando pecho, así, como en mis años mozos.

            –No tienes ni idea de con quien estás hablando.

            Y recibí otro golpe que me tiró al suelo. Allí, aquel tipo de mirada enrojecida con las venas rellenas de coca no dejó de darme patadas hasta que cerré los ojos. En ese instante, se detuvo. Segundos después, sentí una mano que caminaba por mi cuerpo como un ciempiés y pequeños objetos cayendo al suelo. Hasta que exclamó: –¡Joder, es un poli!

            Y abrí los ojos, me levanté como pude mientras él me miraba con los suyos inyectados en la poca sangre que le quedaba y la mantuve hasta quedar erguido.

            –Te lo advertí, no sabes con quien estás hablando.

            Cerré el puño y lo lancé hacia su cara visionando la acción a una gran velocidad.

            Pero olvidé mi edad. Y no fui tan rápido. El chico lo detuvo y abrió una navaja que llevaba encima. El brillo del filo iluminó su rostro y vi aquella mirada por última vez antes de sentir un pinchazo agudo y tirante en mi vientre. Después calor, mucho calor y el vacío bajo mis pies.

            Efectivamente, aquella noche fue mi última noche.

Huesos de Santo

Pobre chico. Los ojos de ese niño habían visto escenas difíciles de digerir. Y no sólo dentro de su casa. Fuera también. Sí, allí se encontraba el verdadero diablo y lo sabía. Lejos de los muros de aquel castillo encantado, de aquel cementerio de objetos de plata y cuadros funerarios, lejos del alcance de las miradas de otros vecinos. Tan sólo su perro consiguió permanecer a su lado un poco más cuando todos desaparecieron, sintiéndose como una flor que se va marchitando con el tiempo mientras observa la mala hierba crecer a su alrededor.

El sargento aminoró la velocidad de su Stanley Steam de 1929, a medida que la espesura dorada de los árboles dejaba entrever su destino: una colosal mansión victoriana situada en plena campiña inglesa. El cielo gris amenazaba lluvia aunque, para alguien como él, no revestía mayor complicación. Accionaría la capota de su precioso coche para proteger la tapicería y listo. 

Una vez que sus zapatos, negros y brillantes, se hundieron en las millones de piedrecitas colocadas en dirección al portón de la casa, comenzó a caminar. Observó el jardín, abandonado a la suerte de las horas mientras arbustos feos y deformes lo invadían todo. Agujeros circulares adornaban las lindes del camino como si un topo enorme tuviera su casa en el mismísimo centro de la tierra y en aquel lugar, la puerta de acceso. Varias esquirlas de color marfil asomaban de uno de ellos entre la tierra removida y, en el otro extremo del jardín, una caseta de perro derruida demarcaba los límites de la finca.

Al subir los tres escalones que separaban la puerta monumental del propio suelo, buscó el timbre. Pero no lo halló. En su lugar, una sobria aldaba le dio a entender que aquel era el único modo de llamar la atención. La miró con detenimiento y agarró el objeto metálico, levantándolo unos centímetros para dejarlo caer sobre la vieja madera. Un golpe. Eco. Nada.

Dos golpes. Eco. Nada.

El sargento esperó dos minutos más. Al comienzo del tercer minuto decidió volver tras sus pasos, bajar las escaleras y dirigirse hacia un lateral de la casa. Allí, dos grandes ventanales con cuarterones blancos mostraban el interior sin ningún pudor. Se asomó con discreción y la vio. Sentada. Meciéndose lentamente como si pudiera jugar con el tiempo a su merced. El sargento no dio ningún golpe en el cristal pero, de pronto, ella se detuvo. Giró la cabeza y le miró con seriedad. Por un instante, sintió vergüenza pero ella sonrió, aplacando todo malestar en aquel hombre. Se levantó y acudió a la puerta. Debió girar un pomo descomunal provocando un estruendo en el interior que traspasó la gruesa puerta que separaba los dos mundos.

–¡Corra! –le dijo.

El sargento, sorprendido, entró en el recibidor y la escuchó mascullar algo entre dientes que hubiera querido entender. Pero aquel lugar ocupó todos sus sentidos de inmediato. Allí, delante de él, se erguía un cuadro de proporciones exageradas. En su interior reinaba el color negro. Sin embargo, el pintor había demostrado su talento iluminando con tonos blanquecinos lo que parecía la sombra de un niño, en un lateral del lienzo.

–Es Gregory –la mujer susurró a su espalda.

–¿Gregory? ¿Es el niño desaparecido?

La pregunta, lejos de parecer impertinente, era necesaria. Aquella mujer cuyos rasgos mostraban una edad distinta a lo que marcaban sus huesos, asintió.

–Si. Por eso les he llamado.

–¿Cuánto hace que desapareció?

–Dos días.

–Hoy es martes. Entonces… el domingo, ¿cierto?

–Así es.

Los pasos de la mujer le llevaron al salón de té. Allí, observó dos tazas, una de ellas aún humeante.

–¿Esperaba visita? –Preguntó el sargento.

–¡Por supuesto que no!¿Por quién me ha tomado? Es para mi marido, James… está arriba –le dijo tapándose la boca con una mano –Oh, disculpe mis modales… desde que Gregory desapareció me encuentro muy alterada… ¿desea un té?

–No. Gracias. Cuénteme como ocurrió.

La mujer inclinó su cuerpo menudo sobre la misma silla de antes y, mirando a la chimenea encendida, permaneció observando el fuego durante unos minutos. El silencio se podría haber cortado y empaquetado para venta ambulante. Hasta que continuó.

–Volvíamos de misa. Un pregón precioso el del pasado domingo, ¿sabe? Los encuentros con Dios son tan necesarios en estos días… ¿Usted irá a misa, verdad?

–Bien… digamos que no es el momento de hablar sobre mí, señora… hábleme de la desaparición de…

–Ya ya… no siga, por favor. Bastante dolor sufrimos cada noche mi marido y yo desde que no tenemos a nuestro pequeño con nosotros para que venga usted a meter el dedo en la llaga… ¡por Dios bendito! –Y se santiguó.

–Señora, disculpe, pero usted nos ha llamado para encontrar a su hijo… ¿recuerda?

De nuevo, el silencio invadió la estancia durante unos segundos.

–Hay un órgano en la iglesia. Como cada primer domingo de marzo, en honor a nuestra patrona, se representa una pieza en dicho instrumento. En aquella ocasión, tocaron “Toccata y Fugue” en Do menor. Fue un momento increíble.

El sargento comenzaba a impacientarse. Mientras ella le explicaba lo que sintió al escuchar aquella melodía, él se levantó y comenzó a caminar por el salón de té. Los murmullos se volvieron susurros a medida que se alejaba y entretenía observando las fotografías colgadas de la pared. Una fotografía en concreto captó su atención. En ella vio un hombre bien parecido, alto y vigoroso, que sostenía una gorra en una mano y un lustroso coche a vapor se situaba tras él. De pronto, una voz le interrumpió.

–James. Mi querido James.

El sargento se sobresaltó y recordó las palabras que ella misma había pronunciado anteriormente. 

–¿Cuándo bajará su marido? Quisiera hablar con él. 

–Está arriba… ya se lo he dicho –le respondió con desdén, girando sobre sí misma y hablando en alto– Gregory se confesó y a continuación lo hice yo. Cuando volví sobre mis pasos, ya no estaba en nuestro banco. Siempre ocupamos el mismo lugar para que el Señor no se olvide de nosotros. Volví a casa confiada y le vi. Estaba de pie, pegado a la puerta de entrada. Pero algo me invadió y me enojé. Le vi sonriendo y pensé que se estaba burlando de mi, ¿sabe? Creo que… que el mismísimo diablo me engañó y le castigué. Recuerdo que quería ver a su padre…

La mujer comenzó a llorar y el sargento intentó calmarla. Pero se asustó al escuchar unos gritos que provenían del interior de su garganta.

–¡Márchese! ¿no ve que estoy sufriendo? ¡que se vaya le digo!

El sargento reaccionó con rapidez. De inmediato se dirigió a la puerta, la abrió y afilados rayos de sol le cegaron por un instante. En ese momento, la mujer se apiadó de él al verle tambalearse bajo el umbral de la entrada y volvió en sí. Se disculpó por sus palabras y sostuvo la puerta. El sargento dio media vuelta, con los pies en la escalera y dirigió su mirada multicolor sobre la aldaba con la esperanza de recobrar la vista en breve. Pero lo que encontró fue un pequeño detalle cromático sobre el objeto metálico que achacó a la acción de los rayos de sol sobre sus pupilas. Se restregó los ojos y volvió a mirar la mancha. No podía ser. “Dios mío” exclamó para si. Acercó sus dedos y sintió una textura pegajosa sobre sus yemas. ¡Era Sangre!. 

Miró a la mujer. Ella mostraba una palidez cadavérica y, de repente, un ladrido les sobresaltó. El sargento miró al jardín y observó a un perro escarbando en el hueco que observó al llegar a la mansión. Se acercó y el animal, histérico, comenzó a desenterrar pequeños cilindros resquebrajados. De pronto, miró al horizonte y un compañero de la brigada le saludó a lo lejos, ajeno al horror que el sargento estaba viviendo.

–¡Agarra a éste perro y dile que pare! –gritó. Inmediatamente regresó la vista a la puerta principal y observó que la mujer ya no estaba. Sintió pánico.

Entró deprisa y no escuchó nada. Afinó el oído cuando el endiablado animal dejó de ladrar y pudo sentir un murmullo que provenía de la cocina, opuesta al salón de té. Acudió despacio y la vio, encaramada en lo alto de la mesa, con una soga al cuello colgada del techo. Tras ella, objetos de labranza esparcidos por la cocina mostraban un uso de la habitación muy diferente al que fue concebida.

Ella le miró. Sonrió con un leve gesto. La soga estaba muy tirante y él sabía que, debido a su altura, se partiría el cuello al caer. Pero no saltó sobre sus piernas para sostenerla. Hubiera sido inútil. Tan sólo acertó a preguntar.

–¿Dónde está el niño? –dijo mientras una lágrima surcaba sus pómulos.

–Después del castigo le mandé arriba… con su padre.

Y echó un pie hacia atrás, empujando la mesa y dejándose desplomar sobre el vacío, mientras su cuello emitía un crujido que la alejó para siempre de éste mundo.

El compañero apareció justo cuando el sargento se arrodilló sobre aquella mujer, con un amasijo de huesos envueltos en una manta. 

El campesino y la azada

Llegaría el día en qué Antonio Valiente colgase la azada en el mismo clavo que, años atrás, lo hiciera su padre. Y el padre de su padre. Y así, decenas de generaciones antes. Una azada sostenida por las manos de los resignados Valiente que decidieron acabar sus días en aquella aldea y que nunca tuvieron el valor de abandonar. Así pues, desde el fondo de la memoria de Antonio, encontramos el recuerdo de su padre: Prudencio Valiente, primero en abandonar el pueblo, pero que fruto de excusas, regresó al poco tiempo para terminar sus días con las manos pegadas a la azada. Acompañándolo, vemos al abuelo, Moderado Valiente, el cual solo llegó a sobrepasar las lindes de la aldea cuando un horrible temporal lo abatió a los pies de la ribera, repartiendo su agonía por las orillas del río. De las demás leyendas que los viejos del pueblo le contaron al bueno de Antonio, quedó la gesta del bisabuelo, Buenaventura Valiente. Este tipo rudo y cabezota lo tenía todo para conseguir desaparecer de Olvido: dinero, aplomo, presencia y unas piernas más fuertes que la de cualquier caballo que trotase por aquellas praderas. Y el bisabuelo Buenaventura parece que logró salir de allí, aunque de un modo extraño.

Antonio Valiente también quería huir, pero por otros motivos. El día que tomó la decisión reflexionó delante del trozo de madera que se meneaba hacia un lado y otro, colgando de la pared, del mismo lugar que su propia madre se ahorcó al ver que este era albino. Como lo oyen: de su vientre parió un niño precioso, pero más blanco que la cal en una tierra donde los morenos abundaban. Ella no recordaba más hombre que el suyo, ningún otro miembro que la penetrase como un rayo eléctrico hizo una noche de abril, de luna llena como la lujuria del que la poseyó y brillante como los ojos de ella al sentir tal grave e inmensa pasión entrar, hasta chocar las piernas del varón con sus nalgas. De tal fuerza fue aquel acto salvaje y perpetrado en la oscuridad del cobertizo familiar, que el chamizo se desplazó unos metros hacia el río, con tan mala suerte que parte de él quedó pendiendo del pequeño precipicio que lo separaba del agua dulce. Aquel momento de euforia dio paso al disgusto que el padre de la recién fecundada sufrió, más por el desastre patrimonial que por saberse marido sin boda. Pero ese tipo era alguien metódico y decidió afrontar los problemas de uno en uno: primero, construiría una pequeña plataforma que serviría de embarcadero para sostener el cobertizo y no perder algo más que la vergüenza de ser la comidilla del pueblo. El segundo problema requería más tiempo para resolverse: nueve meses de hecho. Pero, aunque la solución encontrada fuera casarse de inmediato, el muchacho decidió desaparecer como hacen los cobardes en mitad del frente. Así y todo, el padre de la criatura preñada, cuya barriga comenzaba a ser visible ante los ojos de las viejas de Olvido, pensó en algo.

— Vamos a ver niña, tu hombre se ha marchado y eso ya no hay quien lo solucione.

—Pero padre… yo le quiero, ¿no podría salir a buscarle?

—Claro. Pero si le encuentro le voy a dar tal somanta palos que ni el niño que estás criando le reconocería, ¿me comprendes?

La muchacha sollozó. Pero contuvo disponer de más opiniones pues el discurso de su padre carecía de reproche alguno.

—Esta bien.

—Perfecto. Ahora tendrás al chico y diremos que te casaste en la capital, ¿de acuerdo? Compraremos un vestido blanco de esos con puntilla y adornos en los hombros, de cola, lúcido y perlado. Y te lo pondrás para que todo el mundo te vea. Reuniremos a las viejas de la calle Mayor para que vengan a casa

—Padre— le interrumpió —esta no es presentable para semejantes cotorras, le dirán a todo el pueblo que andamos más tiesos que las aspas de un molino.

—Tiesos pero honrados, aunque vayamos a contar la mentira más grande de la provincia. Tú te pondrás el vestido y, mientras el chico da sus patadas quiero que las viejas se mueran de envidia al sentir su abdomen vacío y estéril.

—¿Y mi marido? ¿Donde diremos que está?

—Pues en el frente, ¿dónde van los hombres ahora? A las trincheras. Será el apuesto joven que deja el más dulce recuerdo a su esposa en el interior de su corazón.

—Bueno, un poco más abajo, Padre —sonrió.

Él se echó a reír. Cierto, más abajo se gestaba el final de aquella muchacha de ojos negros y grandes, tez oscura y suave, pechos ajustados y caderas templadas.

El día de presentar el vestido de novia llegó, pero una hora antes de mostrarse ante el jurado de las mujeres de Olvido, una carta cayó por la ventana y fue a parar a sus manos cubiertas de harina. Era del frente. Sacudió las palmas llenando el aire de un polvo blanquecino que respiró con avidez, la misma que le inundó el corazón mientras abría el sobre y que desapareció al leer la misiva. Anunciaba la muerte del muchacho. Ella miró hacia la ventana y comenzó a llorar tanto que se inundó la cocina hasta la puerta. Al entrar su padre, la tromba de agua les arrastró junto a las viejas de Olvido. Allí quedó su padre, atónito ante la figura de su hija vestida de blanco con lagrimas color canela precipitándose hacia el barro.

Antonio Valiente quiso, al conocer aquella historia, salir de Olvido.

La reserva

De toda la estepa ocre que regaba los campos de la Argentina, la reserva de Santa Rosalía era, sin duda, la más extensa. Pero tenía un peligro: su desaparición. El único gaucho vivo que velaba por aquel terreno andaba viejo. Ya no viejo de edad, que pasaba los sesenta años con facilidad, sino cansado, melancólico y triste. Un tipo erguido por el orgullo pero débil por la pena. Se hacía llamar “el Antonio” cuando le conocí, allá por los tiempos donde buscar a un tipo como este significaba horas a caballo, atravesando grandes extensiones de ramas secas que arañaban las pezuñas del equino y provocaban largas sesiones de curas en los establos. Ahora es más fácil porque todos los ganaderos llevan un móvil con GPS y el gobierno ha instalado repetidores por toda la pampa, hecho que generó muchos conflictos en el momento de la implantación. Pero aquellos días previos a la resolución del problema, Santa Rosalía se mantuvo hermosa y funcional hasta las puertas del nuevo siglo, cuando “el Antonio” tomó una decisión. El viejo gaucho intentó por todos los medios conservar el nivel de producción que había sostenido su padre y el padre de su padre, sin éxito. ¿Por qué? Resultó que durante la primavera de 1953, el Antonio viajó a la capital, por primera vez en toda su vida. Aunque la finca daba buena cantidad de pesos durante toda su existencia, su padre, un tipo duro, violento y autoritario, le había prohibido viajar a Buenos Aires con la excusa de “la seguridad”.

            Antonio no fue a la escuela, su padre pensaba que no era necesario porque todo lo que debía saber lo aprendería con el sudor de su frente y la sangre de sus nudillos. Tampoco conoció a mujer alguna ya que la relación con ellas fue demonizada por su progenitor, metiéndole ideas oscuras en la cabeza sobre aquellas señoritas que rondaban los campos cual marabunta de chinches que suben por las piernas sin poder evitarlo, provocando un picor insufrible. Y creció en la ignorancia de los números, en impregnado de prejuicios que le generó grandes enemistades y pocos amigos. Uno de ellos, el Potro, era un tipo regordete, enjuto y encorvado que vendía tabaco y licor a granel. Entre los dos compartieron noches de borracheras y exabruptos mientras el negocio duró. Pero un día de diciembre, cuando el viento de la Pampa corta la piel como un cuchillo afilado, el Potro se acercó a la casa de Antonio para despedirse, sin decir nada, sin ofrecer alguna respuesta de aquella extraña partida más que un paquete delgado y largo que le entregó bajo el cerco de la puerta principal. 

            Con el tiempo, Antonio se enteró que el Potro fue a morir a un hospital de la capital. El cáncer de pulmón lo consumió y cada aniversario de aquella despedida, el viejo gaucho tocaba la flauta que su amigo le regaló esa noche.

            Desde entonces, los campos se volvieron grises, secos y estériles. El viejo gaucho se volvió más viejo si cabe y el tiempo se posó sobre él dejando una capa de polvo que ocultaba su piel, arrugaba su rostro y entristecía su mirada. Y así llegó el día en que Antonio dejó de mirar a través del cristal de sus gafas. La ausencia de su amigo le convirtió en un tipo demasiado tranquilo, confiado aunque inseguro y triste. Y de tristeza decidió, un día de febrero, acabar con todo, viajando a la capital para poner en venta la reserva Santa Rosalía a cualquier precio y comprar un billete para Tierra de Fuego. 

Marianita

Y qué se yo cuántos granos de arroz caben en un cuenco. Sólo sé que voy al mercado y vendo cada saco a cincuenta pesos, no más. Eso si el cliente que tengo al otro lado del mostrador, que luego será tendero de mi grano, está de buena mañana y acepta el regateo. Pero qué sé yo como amanece cada día el tipo ese. Sí, hace poquito lo encontré en la taberna situada frente al mercado, discutiendo a voz en grito con otro tipo más bajito que él, pero con la espalda el doble de grande. Iba a verle y pensé acercarme, pero me dije: “Ay, Mariano que te vas a meter en un lio tremendo, ¿no ves la bronca que se ha montado?”. Y regresé al pueblo. Mi Marinita me preguntó si volvía con alguna nueva, pero le dije que no, que el tendero andaba de discusión con vete tú a saber quién. Y así me quedé sin negociar el nuevo precio del arroz para esta semana, con Marianita enfurruñada y durmiendo al otro extremo de la cama. Menos mal que Rosita, mi perrita, siempre me hace compañía. Pero no crea usted que así quedaron las cosas: marché de nuevo, decidido a concretar el nuevo precio pues así se hacen las cosas en la capital, ¿verdad? Uno va y sube hasta el mercado y negocia, regatea y acuerda un jornal para llevarse a casa y tener a la mujer contenta. Ay, menos mal que aun no hay críos en mi casa, correteando de un lado al otro pidiendo pan y leche como almas en pena. El caso es que logré hablar con el tendero, pero algo me extrañó porque no pude hacerlo a solas: venía acompañado. Qué raro, pensé. Pero tenía un encargo que cumplir o mi Marinita se enfadaría de lo lindo y podría echarme de la casa, con razón. Total, que nos juntamos los tres en la taberna donde días antes el cliente gritaba con desazón al tipo de espaldas anchas. Y él habló de no sé qué cosas sobre la honestidad, la familia y qué sé yo… hasta que le corté porque tenía prisa y no debió sentarle muy bien por el morro que puso en su rostro como el hocico de un cochino. Tendría que verle. Me aguanté las ganas de reír y continué con mi exposición: el precio del grano. Entonces el tipo me escuchó con atención y en un momento levantó su vaso de vino, bebió un sorbo y chascó los dedos. Dios mío, pensé, ahora me van a dar una paliza, pero nada más lejos de la realidad. Se levantaron y se alejaron hasta la puerta de entrada a la taberna. Yo esperé sentadito frente a mi tónica mientras ellos hablaban y fumaban haciendo aspavientos con las manos. Al cabo de cinco minutos volvieron y me dijeron que sí, que aceptaban el nuevo precio del grano así que, imagínese la alegría que reflejaba mi cara. Así llegué frente a Marianita y se lo conté. Enloqueció de felicidad y fíjese lo que son las cosas que estamos esperando un bebé para mayo.

La cordura del idiota – Marto Pariente

Existe una rotunda diferencia entre la novela negra ambientada en un pueblo que se confunde con una ciudad, a esas historias cuyo sabor a vino añejo, sol y sombra al amanecer en la única tasca del lugar y el sonido recurrente de los tractores rodando hacia el campo, nos trasladan a carreteras de barro y arena, paredes blancas con macetas colgando de las ventanas y viejas atadas a sillas que se balancean en las puertas de sus casas viendo la vida pasar. 

Ascuas es uno de estos lugares, con una plaza mayor ínfima que concentra la actividad de sus parroquianos. Con unos vecinos que se conocen y con un solo policía: Toni Trinidad. Este es el protagonista. Y su hermana, Vega Trinidad. 

A Marto Pariente le conocí una calurosa tarde de agosto en Guadalajara (y cuando digo calurosa no puedo ni imaginar como sería en Ascuas), de donde es el pueblo imaginario que ha ideado este escritor. Hablamos poco, pero me quedó un buen regusto de aquella conversación evaporada por la acción del sol frente a los carteles de un certamen de novela negra donde los dos acudimos. Allí poco podía imaginar que una gran historia negra rural estaba fermentando y seguro que, puliendo, en la mente de Marto. 

Como dije alguna vez, es la novela que hubiera querido escribir porque este es un género que me interesa sobre todos los demás: el ambiente sórdido de las relaciones sociales en un entorno deprimido, donde el trabajo se confunde con las labores familiares y buscarte la vida es otro nivel al que los del pueblo se ven abocados. Lugares en los que la droga y el alcohol permite tragar a algunos la mala vida que el campo ofrece . 

Marto ha escrito grandes personajes, independientes con sus detalles, sus carencias y sus virtudes. No puedo comentar nada porque es una historia merecedora de ser leía, pero si puedo decir que es una trama sólida que conduce bien al lector, le sume en las consecuencias de cada acto de los Trinidad y demás personajes, va añadiendo niveles de intriga y thriller a la trama poco a poco, sin enterarte, sumergiendo la lectura en un disfrute del género del cual Marto Pariente ya se puede considerar un maestro y su novela, la cordura del idiota, un clásico.  

Un punto fuerte son los distintos tipos de narrador que nos encontramos, algo que hará las delicias a los lectores que disfrutan con los cambios de tono y persona. Es brillante como Marto ha dirigido las dos orquestas que componen esta sinfonía. Admirable. 

La cordura del idiota es muy recomendable si disfrutamos de un lenguaje muy personal, del entorno rural de verdad y de una trama que se complica a cada página. 

Isbrük o una historia circular

NOTA: Esta reseña puede descubrir partes de la novela (¿qué es eso de “spoiler”?)

Si tuviera que comparar la novela de David Vicente con una bebida, ésta sería el Bitter Kas: corta, atractiva a la vista pero de sabor amargo (no porque esté malo). Si fuera con una comida podría ser cualquier ensalada elaborada a la que se le echa pepino y el sabor del pepino lo inunda todo.

Mi querida amiga Rita Piedrafita me recomendó su lectura y he tenido miedo real de defraudarla pues al comenzar con la narración ya he encontrado palabras que no esperaba, como una foto idílica de una playa que al contemplarla ves que se ha colado un cubo de basura en una esquina. Sin embargo, ese cubo es necesario, encierra verdades del ser humano que ocultamos y David las muestra tal cual, sin adornos ni trucos para que no afecten. Follar, semen, pene, etc… son palabras que no te esperas, que aparecen de pronto y puede ocurrir que provoquen cerrar el libro de inmediato porque, de repente, toda la ensalada sabe a pepino. Es algo cómo el “caca, culo, pedo, pis” que decían los niños hace muchos años y causaba gracia y vergüenza a la vez. Menos mal que no he cerrado la novela.

“Todos mentimos sobre nosotros mismos”

La novela comienza en la amargura soledad de Anja, que se da cuenta de su irremediable destino una vez es consciente de deshidratar tomates como lo hacía su madre muerta. Hubiera dado igual decir deshidratar tomates o encerar el suelo, es la forma en que David ha comenzado la historia, cómo muestra de los sentimientos desgarradores de una mujer que sabe cual es su final pero no tiene ni idea de que está ocurriendo con su tránsito hacia ese destino. Ella quiere a Andreas, su marido pero él se aleja cada vez más, al mar. Andreas es pescador, todos en Isbrük son pescadores o ahogan sus penas en licor. O el licor les ahoga a los que no vagan por el mar. Isbrük tiene vida propia a pesar de ser un enorme cementerio de “vivos muertos”, de hombres pez y hombres ciudad, de mujeres que cargan su soledad en bolsas de la compra y también bajo los ojos.

Anja lo sabe.

Llegó a Isbrük pensando o deseando encontrarse de nuevo, encontrar el camino hacia una felicidad que no existía junto a Andreas. Y David lo describe con crudeza pero sensibilidad, juega con un cuchillo afilado que te araña el corazón sin llegar a penetrar del todo, para que sientas lo que cada personaje siente, vivas cada momento que ellos viven sin que duela en exceso. Solo lo justo.

En poco menos de ciento cincuenta páginas, David nos muestra el punto de vista de Anja, su relación con los habitantes del pueblo y la hija que tiene con Andreas. Lo describe en frases cortas y reiterativas sin cansar la repetición de ciertas manifestaciones pues entiendes que son el modo en el que el personaje necesita reafirmar su propio pensamiento, a sabiendas que no es lo que realmente siente. O si.

A mitad de camino ya tienes una idea de cómo es la casa donde vive Anja pues Andreas lo hace en el mar salvo cuando regresa regalando un halo cruel de esperanza a su mujer que se desvanece tan pronto como amanece. Es el final. Anja lo sabe pero aun debemos conocer el punto de vista de Andreas a través de un cuaderno, justo en el lugar y el momento donde ya conoces que le ocurrirá a Anja pues ella lo lleva consigo bajo un almendro. El mismo almendro. Ella lo sabe. El lector lo sabe y es angustioso y triste, muy triste. Sobre cogedor. Para jugar de ese modo con las técnicas narrativas, hay que ser muy bueno.

Primero habla Anja. Luego Andreas cuyo punto de vista no ofrece convencimiento alguno de que su actitud hacia ella fuera lógica o incluso la podamos compartir. Nos faltan cosas, información pero ya dije que David comienza esta novela al final de la historia entre Anja y Andreas lo cual no significa otra cosa que el resto de historias que conocemos. Nadie sabe al cien por cien la vida de los demás. Ni falta que hace.

Anja, Andreas, Isbrük y vuelta Andreas para acabar en Anja, su destino y cómo lo viven Tobías, Luissa e Isbrük de nuevo. Y es que el pueblo es el plato donde servimos la vida para comerla o abandonarla en la cocina, la taza de café que se queda fría al paso de las horas. La novela es circular, ya lo dice el autor al final y me alegro haber coincidido con él sin haber leído ese pequeño párrafo, haber sentido momentos donde me he identificado con algún situación o personaje, haber tenido el pecho encogido durante el resto de la lectura pues Isbrük es para leerla en silencio.

“Silencio lleno de conversación”

David firma un acuerdo con el lector desde la página uno y el lector no lo sabe. No le digas a los demás lo que vas a leer, le dice. ¡Cállate! y no presupongas, le ordena. Espera, se paciente, luego hablará la otra parte, susurra. Pero no puedes imaginar que David ha creado para ti un espejo de esos que había en el parque de atracciones, cóncavo y convexo, que reflejará tu imagen deformada de tu propia realidad pues ha condensado en esta novela corta la esencia de la vida, sus contradicciones, el miedo del ser humano a la soledad, “preámbulo de la locura”.

David lo dice todo sin decir nada en esta historia. A mi maestro, Nestor Belda, le encantaría ver como este escritor domina a la perfección el arte de mostrar, el arte de dibujar con sus letras la imagen de lo que está pasando en el interior de la cabeza del lector y así cogerlo por la pechera y meterlo en la novela. Ésta carece de adornos, de pajas mentales y filosofía barata. No tiene personajes inocuos o insignificantes, inútiles que no aportan nada a la historia. Describe los escenarios en su justa medida y carece de diálogos, todo reside en la mente de cada protagonista, como testigos que narran sus vivencias.

“Murió de muerte”

¿Se puede morir de otra cosa? Claro. Morir de muerte es el máximo nivel de desprecio que la vida puede soportar. No hay nada por lo que se muera, simplemente es que tienes que hacerlo y sin razón alguna, ¿qué cosa más triste morir porque simplemente llegó tu mísera hora?

Si esto fuera una novela superficial habría sido un “best-seller” y tendría cuatrocientas páginas. Pero no seamos simples. La literatura no es simple. La lectura puede que lo sea y deben existir libros para todo momento: para hacer algo mientras te quemas al sol tumbado en la playa, mientras vas a tu odioso trabajo en el metro atestado de gente y necesitas dejar de oler el sobaco del tipo de al lado, para esperar en la cola del banco… con esas lecturas no necesitas pensar, lo dan todo hecho como un restaurante de comida rápida. Pero luego están las novelas que son literatura pura y dura, que te hacen sentir y estremecerse, siendo el lector partícipe de un pacto ficcional elaborado y trabajado. David ha escrito una novela que es literatura y ha tenido el detalle de aderezarla con trazos de Benedetti. Está claro que sabía de lo que estaba escribiendo.

Lo que yo no sabía es lo que estaba leyendo hasta que he comenzado a sentir el dolor de Anja, la desesperación de Andreas, la impaciencia de Tobías e incluso la suficiencia de Isbrük que sabe quien camina por sus calles.

Agradezco a Rita Piedrafita y Camino Diaz animarme a no dejar la novela por el riesgo de que toda supiera a pepino. A Rita porque su criterio es libro santo para mi y si dice que me tire al precipicio de una historia, yo me tiro. A Camino por animarme a leerla con su punto de vista. Y a David por haberla escrito, porque es un tipo sensible que he visto llorar delante de sus lectores cuando presentó el gambito de dama en Alcalá, porque le veo por Facebook ser prudente en sus opiniones y humilde en sus palabras y porque escribe bien, muy bien. Gracias, tocayo.

Isbrük pasa a formar parte de mi particular estantería de incunables.

David Verdejo.

Dos años y un respiro

Hoy he recibido mi última novela. Y me he dado cuenta que la primera se publicó hace dos años. Cinco novelas en dos años.

IMG_1202 2.jpgY es que han sido dos años muy intensos. He creado un personaje que puede formar una buena serie (Lee Johnson) en un entorno complejo como es Nueva York. He dibujado tramas históricas y misterios sobre la muerte de personajes importantes (El Secreto de Pozonegro). Comencé sumergiéndome en la calurosa y obtusa Tejas de la mano de Jimmy (Woods Lane) creando un pueblo lúgubre e inquietante y, finalmente, he novelado las atrocidades del primer asesino en serie de Francia: Henri D. Landru.

Estos dos años han pasado rápido pero necesito un respiro. No solo se han publicado estas cinco novelas, cada una en una editorial distinta, con sus correctores y editores los cuales les considero como grandes amigos. Además, he participado en varias antologías y publicado decenas de relatos que superarían las doscientas páginas si se aglutinasen en un volumen.

Creo que es hora de volver a ser lector. De volver a rebuscar en las estanterías libros que me lleven lejos y no tenga la “obligación” de sacar de ellos información para mis novelas. Obviamente, esto no significa que abandone esta profesión ahora que ya me he quitado esa manía de no llamarme a mí mismo “escritor” y poder decirlo alto y claro. Hay otra novela que está rondando editoriales y agencias y otra más que aun necesita mucho trabajo pero incluso esa última está aparcada.

Podría resumir estos años en esta maravillosa fotografía:

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Porque en estos veinticuatro meses he conocido gente espectacular (y otra no tanto) y grandes profesionales, he estado cerca de escritores y escritoras cuyas obras forman parte de los clásicos y otros que han conquistado las mesas de novedades con merecida victoria. He compartido tardes con blogueras, clubes de lectura, etc. gente muy diferente pero que les une una pasión común: los libros. Pero también me he llevado grandes desengaños y he leído obras donde no me encontraba entre los miles de lectores que las adoran.

Pero me gusta ser positivo y ver lo bueno de cada hecho, de las personas y si tuviera que agradecer a cada una de las que han estado a mi lado el haberme enseñado la realidad de esta profesión, no tendría espacio suficiente en este blog pero como tampoco es una despedida, simplemente os escribo porque quiero deciros que necesito descansar, parar el cerebro de fabricar historias y centrarme en una sola para trabajarla una y otra vez, pulirla y publicarla como se merece. Necesito distanciarme de ciertos elementos complejos de esta profesión que solo generan energía negativa, que te contagian esa mala savia que es el convertirse en un escritor de Best-Seller y olvidarse de lo que realmente importa, dejar de seguir a los que se creen por encima del bien y del mal una vez he tenido claro que ese no es mi camino, no es mi objetivo y no quiero ser así.

Necesito encontrar el grano entre tanta paja.

En septiembre haré la presentación de Landru y durante este mes iré subiendo postales para que os animéis a comprar la novela. ¿Y después? obviamente no me negaré a un buen contrato editorial pero ya conozco como se mueve este mundo y a quien decir que sí y a quien decir que no. Ya no tengo prisa. Ya puedo decir que “soy escritor” y eso me regala el tiempo que necesito para volver con la fuerza necesaria.

Muchas gracias por estar siempre ahí. Os adoro y pronto volveremos a vernos.

David Verdejo.