En Carne Viva- Relato para Concurso Zenda “Miedo” #historiasdemiedo

Se mordisqueaba las yemas de los dedos con violencia. Las heridas auto infringidas eran, a veces, enormes yagas que le producían un escozor insoportable. Otras veces, tan sólo ofrecían un minúsculo espectáculo que consistía en hilillos de sangre emanando de las uñas. Ningún método sirvió para evitar su propia masacre. Pero tenía su lado positivo. Al carecer de epidermis e incluso de la propia dermis, sus huellas dactilares eran complicadas de definir por los agentes de la policía científica. Siempre contaban con parciales sobre la mesa como piezas de un puzle mal diseñado e incompleto.

Los pequeños cristales del natrón se encajaban entre las aberturas de las yagas, haciéndole sentir cada vez más fuerte y poderoso, en la medida que soportaba cada vez más aquel dolor. Pensaba que tras cada ejecución, el sufrimiento de su víctima se compensaba con el suyo propio consiguiendo la redención esperada por el dios del Inframundo y, de ésta forma, aplacaba su conciencia y dejaba de atormentarse en cada espejo en el que se veía reflejado. Su paranoia le llevaba por el camino de la perdición y él lo sabía, pero también era consciente que nada tenía que perder. Y no hay nada más peligroso que un hombre que no tiene nada que perder.

Sus ásperas manos mojaban con delicadeza las vendas en el líquido blanquecido y adherente que emanaba un olor parecido al pegamento. Sin embargo, el éxtasis que sentía cada vez que aplicaba un trozo de tela mojada sobre la piel de su tercera víctima le compensaba.

Las horas pasaron rápido cuando cayó en la cuenta del tiempo que había pasado allí dentro y observó cómo había acabado el proceso de momificación. Entonces decidió continuar con las figuras. Salió de la fría habitación donde reposaba la momia y entró en un pequeño cuarto repleto de estanterías que contenían figuritas de barro secándose. En aquel lugar, hacía mucho más calor. Se sentó en un taburete de madera y, entre sus piernas, un pequeño torno de alfarero soportaba muy digno un vaso canopo casi finalizado. Lo apartó y cogió un trozo de arcilla humedecido para comenzar a moldear la siguiente figurita: una imagen de un hombre con los brazos extendidos. Esta figura acompañaría a la momia en los rituales que había dispuesto para ella. Sus dedos resbalaban por el suave material mientras, en su imaginación, se veía fijando el Djed de Oro sobre el cuello de la difunta, situando la imagen que aún daba vueltas entre sus manos y que se convertiría en el vivo reflejo de un dios con los brazos en alto y plumas en la cabeza, cerca del cuerpo embalsamado y las cabezas de carnero asomando por cada hombro del muerto. Sin embargo, no estaba todo lo satisfecho que él quisiera. La fecha de la ceremonia se acercaba y la momia no debería estar mucho tiempo sin recibir los rituales pero le estaba resultando muy difícil encontrar el polvo de lapislázuli necesario para pintar el escarabajo.

En ese instante, una bombilla roja comenzó a parpadear sobre su cabeza. La señal. Se levantó despacio y abandonó el pequeño habitáculo. Cuando alcanzó las escaleras que le llevaban hacia la luz del sol sus ojos hicieron un esfuerzo sobrenatural para acostumbrarse rápidamente y, de ésta forma, poder ver bien a quien llamaba a la puerta. Miró por la mirilla, abrió la puerta y sin mediar palabra el frio metal entró penetró en su sien sin miramientos, provocando un estruendo ensordecedor no más grande que su propio cuerpo cayendo sobre la tarima.

– Un cabrón menos – dijo dejando junto al cadáver su mejor sonrisa.

Vivo – Relato para Concurso Zenda “Miedo” #historiasdemiedo

Tus piernas están estiradas y tus brazos en cruz. Ocupas toda la cama pero sientes las sábanas húmedas y rugosas. Un picor sube por tus manos y te arañas con los dedos hasta arrancar la piel, acercándolas a la cintura y colocando una sobre otra. Aprietas, cada vez pica más y al querer estirarte sientes un tope, algo lo impide y abres los ojos. Oscuridad, la más absoluta oscuridad a tu alrededor y levantas la frente estrellándose contra algo. El aire te falta, las manos acarician una superficie fría y agrietada y tu nariz intenta absorber oxígeno para tus pulmones pero sabes que no hay, no queda, respiras polvo, el que cae por una rendija sobre tu frente y escuchas cómo algo cae sobre ti, miles de canicas minúsculas recorren lo que te oculta. Gritas… tranquilo, dentro de poco abandonarás el miedo que te aflige… pero vuelves a gritar, una y otra vez aunque nada ocurre más que la presión de tu cuerpo en aquel lugar que aumenta sin cesar e intentas elevar las rodillas pero chocan muy pronto contra eso que te impide levantarte. El sudor de tu frente moja tu nuca, caen las gotas saladas y llegan a tus oídos creando una sensación de sordera. ¿Pero qué ocurre? ¿Dónde estás? Ah, mi querido amigo. Al lanzar esas preguntas al aire alguien ríe, se troncha al otro lado de algo que amortigua su carcajada y, de pronto, una luz se forma sobre ti, divisas la punta de una pala, un agujero de madera ¡te están liberando!…

Pero que ingenuo eres: aquel tipo quiero ver tu cara y tú le ves a él y os miráis y él se ríe mientras gritas y una palada de arena cae dentro de tu boca… silencio. Hace rato que dejaste de respirar, justo cuando tu corazón decidió que no merecía la pena continuar bombeando aquel cuerpo enterrado… vivo.

De protagonistas y “protagonistos”

Acabo de enterarme que una de mis más admiradas y queridas blogueras es inspectora de policía. Y me ha sorprendido porque no me he dado cuenta en todo este tiempo, pese a que son asiduas de publicar anécdotas de su vida en común con su esposa en las redes sociales. Las admiro porque se sienten libres, felices, amadas la una con la otra y comparten su amor común con los libros con todos nosotros y eso es maravilloso.

Pero, ¿qué ocurre en literatura? Ayer leí la sinopsis de “Todo esto te daré” de Dolores Redondo. En ella, Álvaro fallece en un accidente de carretera y su marido, Manuel, acude a reconocerlo. Detengámonos ahí. Es maravilloso ¿verdad? Sin embargo, desgraciadamente no es la costumbre. En novela negra, sobre todo (o policíaca) es “normal” tener un protagonista masculino, heterosexual, guapo, con carisma y mala leche, que se lleva a las mujeres (aunque sean duras como el pedernal) de calle e incluso las castigagun-672129 con su varonil indiferencia. Si es una mujer la protagonista, en algún momento de la novela caerá sobre los brazos del instinto maternal o de un hombre. ¿Cuando una protagonista será lesbiana sin necesidad de etiquetarla, le dolerá la menstruación o mostraremos cómo se enamora de otra mujer? Al igual que con cualquier otro colectivo LGTB ¿en qué momento el/la protagonista dejará los clichés establecidos para adoptar el mundo real?

Dolores acaba de ganar el premio Planeta por ello y nadie ha comentado nada. Eso me da esperanzas en pensar que es visto con normalidad.

Me alegro por las que considero mis amigas y todos los demás que leo y comparten su vida, sea cual sea su orientación sexual (que no le importa a nadie y son libres de decir y publicar lo que les venga en gana) pero me gustaría que eso fuera plasmado en las novelas actuales. Rompamos la literatura creada para colectivos y hagámosla global, general, sin prestar atención a las etiquetas.

Las letras no entienden de sexo, sólo se aman unas junto a otras.

David Verdejo.

El planeta de los libros

Ayer discutía con mi padre sobre si una novela era “buena o mala”. La conversación tomó ciertos derroteros curiosos y llegamos a la conclusión que una novela no puede medirse por “buena o mala”, la pregunta más concreta y ajustada sería “si gusta o no”.

Y anoche asistíamos a la entrega del segundo premio literario de la semana: el Planeta. Se acercaban las 23:30 de la noche y dos novelas llegaban a lo más alto en las votaciones:

“Sol de Tebas” de Dolores Redondo, también titulada “Todo esto te daré”

“El asesino de Sócrates” de Marcos Chicot

Y ya tenemos a las redes sociales como un campo de minas atravesado por conejos.

Bien, hay que tener en cuenta dos cosas: que el Grupo Planeta es una empresa y, cómo tal, nace para tener beneficios. De ahí que el premio sea un galardón “envenenado” porque (previa firma de aceptación) el autor debe vender centenares de miles de ejemplares para que sea efectivo la cuantía en metálico del premio. El finalista no se queda atrás. Lo segundo a tener en cuenta es qué, cómo empresa, puede crear, destruir y modificar cada evento que constituya una fuente de beneficios para ella, sea diseñando premios que le reviertan la inversión, concursos o lo que decida y que sus accionistas decidan en junta.

Entonces, ¿donde queda la literatura? ¿qué podemos esperar de un premio literario de esta envergadura? Me alegro por Dolores y su premio pero me preocupa ya que puede correr el riesgo de perder el apoyo de la editorial y la agencia si aparece otro autor y autora que venda más ¿o no? ¿podría ocurrir este fenómeno? y ¿donde quedarían los elogios y palmadas en la espalda? El premio es algo más que una estatua de un globo terráqueo pero ¿el qué?

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23 de  abril, presentación autores Indie

Mi pregunta es ¿dónde queda la literatura entonces? si nos dedicamos a tirar por tierra cada premio concedido a alguien que escribió algo que “no nos gustó” o lo elevamos a los cielos por que su novela “nos encantó”,  estamos perdiendo el lado objetivo del arte de escribir. Por que la literatura esta en la calle, en las casas, en los colegios y en las librerías, no es un premio creado por una empresa que lo gana quien cumple “sus” reglas dentro de “su” proceso y dentro de “sus” plazos.

Hay que ir más allá de un mero premio, efímero que se evapora en veinticuatro horas, tan pronto como ese autor o autora ganador vuelve a su casa, lo coloca en su estantería, suspira y regresa a su que hacer diario. Conozco decenas de autores que viven de esto de escribir, envían artículos a revistas, dan conferencias, participan en charlas a jóvenes… muy lejos de recibir un premio tras otro, una palmada en la espalda tras otra. Y publican, vaya si publican. ¿Son ellos o ellas merecedores de un Planeta más que quien lo ha recibido?  12369046_10208111574848556_6576602696070345012_n.jpg

Librería de Javier, Alcalá de Henares

Y libreros que se levantan cada mañana, llueva o haga sol, duela la espalda o el corazón, y suben el hierro que deja pasa la luz a los lomo de sus miles de libros encastrados en estanterías apretadas, atendiendo con una sonrisa a cada ciudadano que entra y pregunta.

En definitiva: hay que escribir más, difundir más, crear más y luchar por esto que nos quema la sangre y convertimos en letras.

Escribir es eso y nada más.

David Verdejo.

Nobel de literatura a la música

Recibo la noticia de tan prestigiosa concesión con sorpresa. Apartado Murakami por enésima vez del Nobel, es Bob Dylan quien lo recibe con esta frase cómo razón de peso:

“Por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran canción tradicional Americana”

No creo que nadie se plantee negar el talento de Robert Allen Zimmerman (Dylan para la humanidad) es muy preciado desde que comenzara su carrera musical durante los años sesenta. Tampoco se puede negar su tesón en esto de la música pues ya en 1959 escribió en el anuario de su escuela: «Unirme a Little Richard» como su primera prioridad.

Entonces ¿por qué este revuelo en las redes sociales? Cuanta indignación ha levantado, bastante más en número que satisfacciones.

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En los entornos literarios se establecen cánones que muchos escritores se empeñan en romper, reglas que se “deben” desobedecer y fronteras que traspasar, en aras de un avance en la literatura y mayor enriquecimiento cultural. Estos mismos que promueven movimientos originales en cada novela y se quejan de “Best Seller” llenos de tópicos y elementos trillados, son los que hoy (quizás) miren con recelo que Dylan se merezca un premio así.

Y mi pregunta es la siguiente:

¿Acaso la literatura no esta (o debería estar) presente en cada uno de los momentos de nuestras vidas, cubriendo cada cada cartel, cada folleto, cada manual y cada libro de cierto mimo a la hora de su confección?

Dylan lleva tocando desde 1961 en clubes del Greenwich Village, una zona roja neoyorquina. Y escribiendo “poseía” cómo afirma el jurado del Nobel, posiblemente desde ese mismo instante. La música es un elemento perfecto para promover la literatura, con mensajes claros, concisos y cortos. Es una forma de transportar el lenguaje desde una punta a otra del país y de romper esas fronteras que muchos escritores desean ver destruidas.

Bob Dylan es el ganador del Nobel 2016 de literatura. Es un buen momento para acercarse a él  y a sus letras, si no lo hemos hecho ya.

«Supe que cuando me metí en la música folk, era una cosa más seria. Las canciones estaban llenas de tristeza, de triunfo, de fe en la sobrenatural, y tenían sentimientos más profundo» (Bob Dylan, 1985).

Los seis negritos de Falcó

Si tuviera que buscar un símil literario para el encuentro producido el pasado 5 de octubre en la sede de Penguin Random House sería, sin duda, la novela de Agatha Christie titulada “Diez negritos” (Ten Little Niggers, 1936). Aquella mañana, seis desconocidos (bueno, casi) fuimos emplazados en la primera planta de la calle Luchana 23, en Madrid, sin saber exactamente a que nos enfrentábamos. La invitación, escueta y por sorpresa, describía algo así como “queremos contar contigo para la lectura conjunta de la última novela de Pérez-Reverte”. Y el plan, al igual que las atractivas vacaciones ofertadas en la “Isla del Negro”, resultaba igual o más sugerente si cabe: leer en primicia “Falcó” y compartir un rato con el autor. Cómo en la novela, fuimos invitados a comer.
Es difícil aguantar los nervios cuando sabes que vas a conocer fb_img_1475740449455a Arturo Pérez-Reverte y, además, debes esperar desde las 11:00 de la mañana hasta las 20:00, hora que el reloj marcaría (tarde o temprano) señalando el momento en el que nos encontraríamos con él. Aunque jamás hubiéramos pensado que fuera como ocurrió.

Al igual que el juez, la institutriz, el aventurero y así hasta diez personas y sus roles llegaron el día señalado a la lujosa mansión situada en la costa inglesa y fueron atendidos por el señor y la señora Rogers en aquella historia, nosotros fuimos conducidos a una cómoda y colorida sala en cuyo interior reinaba un sofá azul claro, dos sillones orejeros de color naranja, varias banquetas negras forradas de cuero negro y una silla cuya comodidad podría ser discutible pero que su ocupante se negó a dejar libre, quizás porque la apariencia engaña (tomen este dato, es importante). En nuestro caso, éramos seis los elegidos: un escritor, dos blogueras y un bloguero que gestionaban webs culturales centradas en literatura y un sexto hombre cuya elección cubierta de misterio nos dejó a todos impresionados.

fb_img_1475740444369Pero antes de comenzar la lectura, al igual que durante la cena descrita por Agatha, los invitados observan diez pequeñas figuras de porcelana, nosotros encontramos seis tacos de papel impreso estrangulados con delicadeza por dos gomas, atravesadas en vertical y en horizontal. Y encima, seis contratos de confidencialidad que nos obligaban a no hablar del evento durante ese día ni del contenido de la novela hasta el próximo 19 de octubre. Aclararé que en este caso, el único cadáver fue el de nuestra curiosidad.

La extrema amabilidad de nuestra anfitriona Paloma y del equipo de Alfaguara nos relajó y se preocuparon en hacer nuestra lectura muy cómoda con café, dulces, una buena comida sin faltar a las prometidas cañas con el autor. Pero antes de llegar a ese punto ¿qué ocurrió en aquella sala durante seis horas?

fb_img_1475740432938Para alivio de varios invitados, la lectura no se realizó en voz alta, ni por turnos. Cada uno, a su ritmo (unos muy deprisa y otros muy despacio) fuimos siendo víctimas de la curiosidad, devorando cada galerada hasta el dramático momento de darnos de bruces contra la cruda realidad: ¡no habían incluido el final! En ese instante, todos y cada uno de nosotros intentamos obtener ese documento sin éxito, hasta que llegó Arturo.

Uno a uno, como los invitados de aquella novela, fuimos víctimas de la expectación e intriga hasta que una frase centró nuestra atención a lo que realmente nos llevó hasta allí: “Arturo está aquí”. Puntual, bajo un traje azul oscuro sin corbata, el autor de “Falcó”, entró en la sala como aquel amigo al que estas esperando para tener una buena conversación (¿recuerdan el dato que les pedí que guardaran? aquello sobre “la apariencia engaña”) y es que, desde el minuto uno, él dejó claro su gratitud (y la recalcó poco antes de despedirse) ante aquel día de nuestras vidas empleado en leerle, porque así lo sentía: le estábamos leyendo a él.

Al sentarse, los seis invitados cuyas manos aún se encontraban cubiertas de las letras que forman “Falcó”, formamos un círculo equidistante. Todos a la misma distancia. Y a todos nos preguntó nuestra opinión. Quien le dijo bondades, él respondió con explicaciones y quien expresó alguna crítica fue contestado con respuestas que no justificaciones. Pero siempre de tú a tú, sin remilgos ni adornos, con palabras llanas bien colocadas entre frases elocuentes y certeras, con opiniones personales e íntimas que nos quedaremos todos los que allí estuvimos. En este caso, no había una canción que hiciese de guion porque no existía tal, él habló y habló, y cuanto más hablaba más a gusto nos encontrábamos todos hasta qué, después de comentar nuestras opiniones, les pedimos el final de aquella novela que había ocupado nuestros pensamientos durante todo el día. Lejos de seguir los cauces normales, Arturo pidió a la editorial que nos regalase a cada uno el final de “Falcó”, mostrando su agradecimiento, una vez más.

fb_img_1475740357536Minutos después bajamos a un bar donde continuamos la charla, compartiendo opiniones y saboreando una buena conversación literaria donde la confianza reinaba en el centro de la mesa. Al final, Arturo firmó cada galerada y se despidió con la amabilidad y cercanía que había demostrado durante ese pequeño rato que nos concedió.

Y así, uno tras otro, volvimos a nuestros quehaceres mundanos con la sensación de haber sido rozado por un gran autor y académico de la lengua castellana que no dejó de agradecernos, con humildad y sinceridad, nuestro tiempo empleado en leerle. Por qué a Reverte es para leerle despacio, con tiempo y una libreta. Sin miedo a llenar el libro de notas y banderitas de colores.

Reverte es para disfrutarlo en corto y sin ruido. Si existe otro, lo desconozco. Cómo Falcó, esta es mi opinión y, luego, está la del resto.

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Agradezco de corazón a Alfaguara y su equipo, a la eterna e incombustible amabilidad de Paloma que estuvo a nuestro lado durante todo el tiempo, siempre con una sonrisa en los labios. A Rita por ser así, ella y nada más. Gracias a los que conocí en aquella habitación y espero que podamos volver a repetir una experiencia como esta. Y a Arturo, un tipo interesante, alguien a quien escuchar y de quien aprender.

Gracias.