Orgullo y prejuicio

En esto de escribir y más concretamente dentro del género en el que me encuentro cómodo  (el negro) detecto cierto aroma cebado y celoso. Lejos de alegrarse del auge de una corriente literaria que evoluciona y acompaña nuestra historia reciente, ciertas personas se dedican a ensalzar la repetición de temáticas dentro del propio género negro, ridiculizando escenas propias de series (de éxito cómo CSI o Mentes Criminales). Gente que deben sentirse dueños de obras maestras escritas por sus dedos y deben dormir sobre informes de ventas cuyo grosor supera la altura de su propia cama porque no se entiende la inquina y machaque con el que riegan la barra de bar que forman las redes sociales. Quizás se deba ejercer la autocrítica cómo principio indispensable, junto con la humildad, a la hora de leer (no digamos al solo mirar un título y su sinopsis de reojo) un libro ajeno que no sea de su agrado. Hay que recordar que la literatura no es medible, carece de objetividad en cuanto cumple las normas gramaticales y propias del lenguaje. La literatura es para disfrutar y no debe ser un arma arrojadiza para esconder envidias sobre un informe de ventas que no cumplió las expectativas. ¡Qué se escriba miles de libros de género negro o el qué sea! Miles no… ¡millones! Y celebrémoslo. Que para penas y envidias ya estan los libros.

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