Nueva etapa, nombre de siempre

Que una historia escrita con pasión abra una colección de novela negra siendo el número uno es un orgullo. Que lo haga una de las editoriales más influyentes del panorama literario español es una oportunidad. Y que esa novela sea escrita por tus dedos significa una prueba de confianza y reconocimiento que no se puede dejar escapar. Es por eso por lo que decido dejar el seudónimo con el que he publicado hasta ahora y adoptar mi nombre real, para que no exista confusión, para que se asigne la novela a su autor sin dudas, para ser agua en vuestras lecturas.

A partir de hoy se abre una nueva etapa literaria después de tres años intensos donde me he formado, he publicado y no he parado de crecer como autor y como persona, gracias a quien me acompaña siempre y a todos los y las que estáis ahí, al otro lado de las pantallas y en la vida real. Os lo debo todo y es hora de dar el salto y para eso debo hacerlo sin red. Esperan meses interesantes llenos de sorpresas y viajes, de encuentros y momentos compartidos y quiero ser yo quien esté delante de vosotros.

Os lo merecéis todo y quiero daros las gracias. Y para eso habrá también algún regalo.

En pocos días recibiréis más noticias.

Un abrazo, un beso y un libro.

David De la Torre,

Maldito corrector

Cuando comencé a escribir y pensar (seriamente) en publicar, allá por el 2014, no sabía que la figura del corrector fuera tan importante, tan vital para un escritor y tan transcendental para el éxito o el fracaso de una novela. Sin embargo, tampoco creí encontrar uno con el que tener la confianza suficiente como para no enfadarme al recibir sus críticas. El caso es qué, quizás, esa forma de tomarme el oficio sea la razón de ello o las inmensas ganas de seguir aprendiendo. No sabría decir.

Yo no tengo agente pero tengo corrector. Gracias a Txaro Cárdenas, directora de la revista Moon Magazine, conocí a Néstor Belda, corrector profesional que ha corregido algunas de mis obras. Hace unos días le envié una en particular, a la que yo había echado todo el corazón y toda mi alma, había creado un universo complejo lleno de matices, lo había dado todo por esa historia. Cuando comenzó el periodo de corrección yo sabia a que se iba a enfrentar Nestor, conociendo las carencias que la novela, aún teniendo un trozo de mi piel entre sus líneas, tenía. Los mensajes de whatsapp que intercambiamos no predecían un trabajo cómodo o sencillo para él pero si muy enriquecedor para mi. Ayer tuvimos una sesión de Skype y tomé tantas notas que ante mi se abrió, de nuevo, otra novela, otro momento para comenzar desde cero. Quedó conmigo en enviarme el manuscrito con la primera corrección y, esta mañana cuando lo he abierto, las líneas rojas y párrafos enteros subrayados daban la impresión de que en ese documento se había cometido un crimen.

Destrozado, casi literalmente pero ¿y yo, que he sentido?

Pues a los engranajes de la escritura puestos de nuevo en marcha, la pasión por desarrollar un mundo virtual creciendo en mi interior y una oportunidad para aprender y aprender. Cada línea roja es un nuevo camino y cada párrafo una oportunidad. ¿Está pagado el trabajo de los correctores? En absoluto. Estos lectores con mil ojos que desentrañan los misterios de una novela y le dan forma y volumen, profundidad y continuidad, que le devuelven el interés. ¿Cuántos escritores de éxito han contado, sin decirlo, con un corrector en la retaguardia? Alguien del que luego no se habla, no aparece al lado de quien recibe el premio porque, quizás, ese galardón sea la mitad para él pero ¿a quién le importa? A mi. Yo quiero que Néstor siga acuchillando mis textos, que me oblige a cuestionarme lo que he escrito, que me haga reaccionar. Quiero que me corrijan, quiero aprender, quiero que las novelas que escribo sean víctimas del bisturí.

Así que esta reflexión va para todos los correctores del mundo literario (y correctoras, obviamente) y por Néstor Belda en especial, por su paciencia, su trabajo y su tesón.

Gracias por corregirme y ayudarme a aprender.

David Verdejo.