Isbrük o una historia circular

NOTA: Esta reseña puede descubrir partes de la novela (¿qué es eso de “spoiler”?)

Si tuviera que comparar la novela de David Vicente con una bebida, ésta sería el Bitter Kas: corta, atractiva a la vista pero de sabor amargo (no porque esté malo). Si fuera con una comida podría ser cualquier ensalada elaborada a la que se le echa pepino y el sabor del pepino lo inunda todo.

Mi querida amiga Rita Piedrafita me recomendó su lectura y he tenido miedo real de defraudarla pues al comenzar con la narración ya he encontrado palabras que no esperaba, como una foto idílica de una playa que al contemplarla ves que se ha colado un cubo de basura en una esquina. Sin embargo, ese cubo es necesario, encierra verdades del ser humano que ocultamos y David las muestra tal cual, sin adornos ni trucos para que no afecten. Follar, semen, pene, etc… son palabras que no te esperas, que aparecen de pronto y puede ocurrir que provoquen cerrar el libro de inmediato porque, de repente, toda la ensalada sabe a pepino. Es algo cómo el “caca, culo, pedo, pis” que decían los niños hace muchos años y causaba gracia y vergüenza a la vez. Menos mal que no he cerrado la novela.

“Todos mentimos sobre nosotros mismos”

La novela comienza en la amargura soledad de Anja, que se da cuenta de su irremediable destino una vez es consciente de deshidratar tomates como lo hacía su madre muerta. Hubiera dado igual decir deshidratar tomates o encerar el suelo, es la forma en que David ha comenzado la historia, cómo muestra de los sentimientos desgarradores de una mujer que sabe cual es su final pero no tiene ni idea de que está ocurriendo con su tránsito hacia ese destino. Ella quiere a Andreas, su marido pero él se aleja cada vez más, al mar. Andreas es pescador, todos en Isbrük son pescadores o ahogan sus penas en licor. O el licor les ahoga a los que no vagan por el mar. Isbrük tiene vida propia a pesar de ser un enorme cementerio de “vivos muertos”, de hombres pez y hombres ciudad, de mujeres que cargan su soledad en bolsas de la compra y también bajo los ojos.

Anja lo sabe.

Llegó a Isbrük pensando o deseando encontrarse de nuevo, encontrar el camino hacia una felicidad que no existía junto a Andreas. Y David lo describe con crudeza pero sensibilidad, juega con un cuchillo afilado que te araña el corazón sin llegar a penetrar del todo, para que sientas lo que cada personaje siente, vivas cada momento que ellos viven sin que duela en exceso. Solo lo justo.

En poco menos de ciento cincuenta páginas, David nos muestra el punto de vista de Anja, su relación con los habitantes del pueblo y la hija que tiene con Andreas. Lo describe en frases cortas y reiterativas sin cansar la repetición de ciertas manifestaciones pues entiendes que son el modo en el que el personaje necesita reafirmar su propio pensamiento, a sabiendas que no es lo que realmente siente. O si.

A mitad de camino ya tienes una idea de cómo es la casa donde vive Anja pues Andreas lo hace en el mar salvo cuando regresa regalando un halo cruel de esperanza a su mujer que se desvanece tan pronto como amanece. Es el final. Anja lo sabe pero aun debemos conocer el punto de vista de Andreas a través de un cuaderno, justo en el lugar y el momento donde ya conoces que le ocurrirá a Anja pues ella lo lleva consigo bajo un almendro. El mismo almendro. Ella lo sabe. El lector lo sabe y es angustioso y triste, muy triste. Sobre cogedor. Para jugar de ese modo con las técnicas narrativas, hay que ser muy bueno.

Primero habla Anja. Luego Andreas cuyo punto de vista no ofrece convencimiento alguno de que su actitud hacia ella fuera lógica o incluso la podamos compartir. Nos faltan cosas, información pero ya dije que David comienza esta novela al final de la historia entre Anja y Andreas lo cual no significa otra cosa que el resto de historias que conocemos. Nadie sabe al cien por cien la vida de los demás. Ni falta que hace.

Anja, Andreas, Isbrük y vuelta Andreas para acabar en Anja, su destino y cómo lo viven Tobías, Luissa e Isbrük de nuevo. Y es que el pueblo es el plato donde servimos la vida para comerla o abandonarla en la cocina, la taza de café que se queda fría al paso de las horas. La novela es circular, ya lo dice el autor al final y me alegro haber coincidido con él sin haber leído ese pequeño párrafo, haber sentido momentos donde me he identificado con algún situación o personaje, haber tenido el pecho encogido durante el resto de la lectura pues Isbrük es para leerla en silencio.

“Silencio lleno de conversación”

David firma un acuerdo con el lector desde la página uno y el lector no lo sabe. No le digas a los demás lo que vas a leer, le dice. ¡Cállate! y no presupongas, le ordena. Espera, se paciente, luego hablará la otra parte, susurra. Pero no puedes imaginar que David ha creado para ti un espejo de esos que había en el parque de atracciones, cóncavo y convexo, que reflejará tu imagen deformada de tu propia realidad pues ha condensado en esta novela corta la esencia de la vida, sus contradicciones, el miedo del ser humano a la soledad, “preámbulo de la locura”.

David lo dice todo sin decir nada en esta historia. A mi maestro, Nestor Belda, le encantaría ver como este escritor domina a la perfección el arte de mostrar, el arte de dibujar con sus letras la imagen de lo que está pasando en el interior de la cabeza del lector y así cogerlo por la pechera y meterlo en la novela. Ésta carece de adornos, de pajas mentales y filosofía barata. No tiene personajes inocuos o insignificantes, inútiles que no aportan nada a la historia. Describe los escenarios en su justa medida y carece de diálogos, todo reside en la mente de cada protagonista, como testigos que narran sus vivencias.

“Murió de muerte”

¿Se puede morir de otra cosa? Claro. Morir de muerte es el máximo nivel de desprecio que la vida puede soportar. No hay nada por lo que se muera, simplemente es que tienes que hacerlo y sin razón alguna, ¿qué cosa más triste morir porque simplemente llegó tu mísera hora?

Si esto fuera una novela superficial habría sido un “best-seller” y tendría cuatrocientas páginas. Pero no seamos simples. La literatura no es simple. La lectura puede que lo sea y deben existir libros para todo momento: para hacer algo mientras te quemas al sol tumbado en la playa, mientras vas a tu odioso trabajo en el metro atestado de gente y necesitas dejar de oler el sobaco del tipo de al lado, para esperar en la cola del banco… con esas lecturas no necesitas pensar, lo dan todo hecho como un restaurante de comida rápida. Pero luego están las novelas que son literatura pura y dura, que te hacen sentir y estremecerse, siendo el lector partícipe de un pacto ficcional elaborado y trabajado. David ha escrito una novela que es literatura y ha tenido el detalle de aderezarla con trazos de Benedetti. Está claro que sabía de lo que estaba escribiendo.

Lo que yo no sabía es lo que estaba leyendo hasta que he comenzado a sentir el dolor de Anja, la desesperación de Andreas, la impaciencia de Tobías e incluso la suficiencia de Isbrük que sabe quien camina por sus calles.

Agradezco a Rita Piedrafita y Camino Diaz animarme a no dejar la novela por el riesgo de que toda supiera a pepino. A Rita porque su criterio es libro santo para mi y si dice que me tire al precipicio de una historia, yo me tiro. A Camino por animarme a leerla con su punto de vista. Y a David por haberla escrito, porque es un tipo sensible que he visto llorar delante de sus lectores cuando presentó el gambito de dama en Alcalá, porque le veo por Facebook ser prudente en sus opiniones y humilde en sus palabras y porque escribe bien, muy bien. Gracias, tocayo.

Isbrük pasa a formar parte de mi particular estantería de incunables.

David Verdejo.

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